El peligroso arte de convertir el periodismo en una corrala de vecinos
Cuando una gran cadena de televisión nacional recurre a las redes comunitarias para cazar misiserias cotidianas, el espectáculo de la indignación alcanza un nuevo estándar de vacuidad.
GETAFE/06 AGOSTO 2026.- Yo observo con estupefacción la ligereza con la que el periodismo de masas ha decidido abdicar de su función fiscalizadora para adentrarse, sin pudor ni frenos, en el pantanoso terreno del chisme doméstico. La reciente convocatoria pública de una periodista que busca airear conflictos de convivencia —desde disputas por la piscina o las mascotas hasta rencillas por derramas o ruidos— representa la consumación de una tendencia perversa: la transformación del espacio informativo en una corrala televisada.
Nos encontramos ante un síntoma evidente de la degradación del oficio. No se trata aquí de buscar historias de interés humano con relevancia social, sino de mercadear con el resentimiento vecinal para alimentar la maquinaria del sensacionalismo. Yo considero que invitar a los ciudadanos a delatar los trapos sucios de sus comunidades a cambio de un minuto de pantalla no solo banaliza la profesión periodística, sino que agita deliberadamente la frustración social. En lugar de poner el foco en las deficiencias estructurales de los servicios públicos o en la gestión de nuestras ciudades, la televisión prefiere que nos despellejemos entre nosotros por la orientación de una sombrilla o el ladrido de un perro.
La razón de este fenómeno es tan explícita como preocupante: el morbo baratillo es infinitamente más barato de producir que el periodismo de investigación. Alimentar el voyeurismo de la audiencia no requiere contrastar fuentes ni consultar documentos oficiales; basta con encender una cámara ante el rencor encendido de un portal.
Yo me niego a aceptar que la función de los medios sea convertir el espacio público en un tribunal de faltas caseras. Exijamos a los medios que dejen de espiar por el ojo de la cerradura y vuelvan a mirar por la ventana hacia los problemas que realmente importan.
Ernesto Rodríguez Caballero

