Ecologismo

¿Qué le pasa a los ríos de Madrid?

¿Cómo se transformó la red fluvial madrileña en un ecosistema dominado en un 45 %
por especies invasoras ante la inacción y la complicidad de la propia administración?

GETAFE/27 AGOSTO 2026.- En la primavera de 2019, a orillas del río Lozoya, el chasquido de los obturadores fotográficos interrumpió por unos instantes el murmullo del agua. Frente a los lentes se encontraba Luis del Olmo, por entonces Director General de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid. Inclinado sobre la orilla, volcaba con cuidado un cubo de plástico para devolver al agua un pez vivo. El gesto, destinado a los titulares institucionales, capturaba una paradoja profunda: el ejemplar que se deslizaba hacia la corriente era una trucha arco iris (Oncorhynchus mykiss), una especie exótica catalogada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) como una de las 100 especies invasoras más dañinas del planeta, e incluida por el Tribunal Supremo en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras tras la histórica Sentencia 637/2016.

I. El espejismo de la corriente

A simple vista, un observador casual que contempla el discurrir de los ríos madrileños podría juzgar que sus aguas gozan de buena salud al atisbar el zigzagueo de los peces bajo el reflejo del sol. Sin embargo, los biólogos y colectivos conservacionistas describen el escenario mediante un término categórico: contaminación biológica.

Según los datos elaborados por la Plataforma Ecologista Madrileña —integrada por colectivos como ARBA, la Asociación Ecologista del Jarama, GRAMA, Jarama Vivo y Liberum Natura—, el 45 % de las especies de peces citadas en la Comunidad de Madrid son alóctonas. En extensos tramos fluviales, la fauna autóctona ha desaparecido por completo o ha quedado reducida a testimonios marginales, cediendo su lugar a una hegemonía de escamas foráneas.

II. La arquitectura del reemplazo: del agua viva al embalse quieto

El desplazamiento de las especies nativas no responde a una fatalidad biológica fortuita, sino a una transformación estructural del paisaje acuático orquestada a lo largo de décadas.

Los peces autóctonos del centro peninsular —el barbo común, la boga de río, la tenca, el barbo comizo o pequeños endemismos como la bermejuela y el calandino— evolucionaron para prosperar en sistemas lóticos: ríos de aguas corrientes, variables, ajustados a las crecidas estacionales y a la dinámica cambiante de las estaciones. Sin embargo, la mano humana ha alterado radicalmente esta física fluvial.

Un censo elaborado por la propia Plataforma Ecologista identifica al menos 144 azudes y barreras transversales distribuidas por la geografía regional. El caso más agudo se localiza en el río Tajuña, donde en apenas 45 kilómetros de recorrido se contabilizan 38 azudes, en su mayoría en desuso. Estas infraestructuras abandonadas actúan como cerrojos que dividen la corriente y convierten un cauce vivo en una sucesión de masas de agua estancada o léntica.

En este nuevo escenario de aguas quietas, con temperaturas al alza por el cambio climático, caudales mermados por la intensa regulación de los embalses de cabecera y una creciente contaminación orgánica, las especies nativas pierden la batalla. Por el contrario, los invasores —procedentes de las cuencas del Misisipi o de latitudes centroeuropeas— encuentran un hábitat idóneo:

  • Alta tolerancia fisiológica: Soportan mínimos niveles de oxígeno y bruscas oscilaciones de temperatura o salinidad.
  • Estrategia reproductiva masiva: Alcanzan la madurez sexual en meses y realizan varias puestas anuales.
  • Dieta generalista: Consumen desde detritos hasta puestas de huevas y alevines.
  • Ausencia de depredadores naturales: Carecen de parásitos o reguladores biológicos en su nueva ubicación.

III. Galería de la invasión y el caso de los gigantes

Para comprender la magnitud de esta transfiguración biológica, basta con examinar los hábitos de los nuevos pobladores que ocupan los cauces del Tajo, Jarama, Henares, Manzanares, Guadarrama, Alberche y Lozoya.

El impacto de la carpa común (Cyprinus carpio) resulta instructivo. Considerada una «ingeniera del ecosistema», la carpa remueve constantemente los fondos de sedimentos en busca de alimento. Al hacerlo, elimina la vegetación acuática (macrófitas) donde se refugian alevines e invertebrados, impide la entrada de luz solar para la fotosíntesis y libera nutrientes como fósforo y nitrógeno, desencadenando procesos de eutrofización y proliferación de algas nocivas.

Un capítulo aparte lo protagoniza el siluro (Silurus glanis), un depredador capaz de superar los dos metros de longitud y los 100 kilogramos de peso. Su llegada a Madrid se remonta al menos a 2016, cuando se confirmó su presencia en una laguna municipal de Velilla de San Antonio, adyacente al río Jarama. En aquel momento se intervino incluso una jaula sumergida con alevines preparados para su suelta furtiva.

A pesar de que el vaso de la laguna mantenía una salida constante hacia el río Jarama, las repetidas alertas emitidas por colectivos ambientalistas en 2019, 2021 y abril de 2025 ante la Consejería de Medio Ambiente no obtuvieron respuesta operativa. Tras las severas crecidas de los años 2025 y 2026, la apertura de un nuevo canal directo entre la laguna y el río convirtió en una certeza la migración del gigante piscícola hacia la red fluvial del Jarama, Henares y Tajo.

IV. El declive de la trucha autóctona y la paradoja del pez de granja

En los tramos altos y fríos de las sierras madrileñas, donde históricamente reinaba la trucha común (Salmo trutta), la situación no es menos crítica. La densidad biológica de esta especie autóctona se encuentra bajo mínimos históricos.

Según los datos de los inventarios piscícolas de la propia administración regional correspondientes al periodo 2015–2025, la biomasa media de trucha común en los ríos de Madrid se sitúa en 4,75 g/m2, descendiendo en cotos como el del río Aceña a valores cercanos a cero. De acuerdo con los criterios técnicos de referencia hidrológica (García de Jalón), cualquier población con valores inferiores a 5 g/m2 se considera formalmente «escasa». Únicamente en tramos aislados del curso alto del Jarama —al margen de los cotos intensivos— se registran densidades medias (5 a 15 g/m2).

A la degradación del hábitat y al incremento de la temperatura del agua se suma una práctica administrativa sostenida en el tiempo. Entre 1998 y 2025, las Administraciones vertieron a los cotos consorciados de ríos como el Manzanares, Lozoya, Guadarrama y Cofio un total de 230.980 kilogramos de trucha arco iris para abastecer la pesca deportiva intensiva. Solamente en la campaña de 2024, se introdujeron 2.775 kilogramos$ de esta especie exótica en los ríos Cofio y Lozoya.

A esta presión competitiva se añade la erosión genética de la trucha común autóctona debido a las repoblaciones históricas con ejemplares de piscifactoría de origen centroeuropeo (entre 1997 y 2012 se soltaron 132.282 kilogramos de trucha común de criadero). Los estudios genéticos encargados por la propia administración revelan una degradación progresiva: si en 2003 el 50% de las poblaciones madrileñas de trucha común mostraba introgresión genética, para 2019 la cifra ascendía al 57%, registrando un 33% de los ejemplares niveles severos de hibridación. El resultado es una fauna debilitada, con menor plasticidad para adaptarse al cambio climático y menor resistencia frente a patógenos.

V. La «Patrulla de Fauna» y el muro de la opacidad

Frente a la magnitud de la invasión en los grandes ejes fluviales, la respuesta operativa de la Consejería de Medio Ambiente, Agricultura e Interior se articula a través de la denominada «Patrulla de Fauna». Sin embargo, las cifras oficiales del balance de extracción de 2024 reflejan la desproporción entre la dimensión del problema y los medios destinados a su contención.

Durante todo ese año, la Patrulla de Fauna retiró un total de 9.764 ejemplares de especies invasoras, sumando una biomasa conjunta de 382 kilogramos.

Las actuaciones se concentraron de forma exclusiva en 14 ubicaciones compuestas por pequeñas masas de agua aisladas —como las canteras de Alpedrete, la laguna de El Porcal, la laguna del Soto de Valdetorres o arroyos de escaso caudal como el Samburiel—. No se ejecutó ninguna intervención de extracción o control poblacional en las grandes concentraciones de peces invasores de los cursos principales del Jarama, Henares, Tajo, Guadarrama o Alberche.

A la falta de intervenciones estructurales se une una política de acceso restringido a la información. A diferencia de otras comunidades autónomas como Castilla y León, Navarra, Cataluña o Andalucía, que publican íntegramente sus inventarios y series históricas, la Dirección General de Biodiversidad y Gestión Forestal de la Comunidad de Madrid mantiene bajo reserva los informes originales de muestreo, metodologías y datos de abundancia en tramos ciprinícolas. Esta práctica se mantiene a pesar de los reiterados requerimientos del Defensor del Pueblo (entre ellos los expedientes de resolución $12106907$), que insta a la administración autonómica a garantizar el derecho de acceso a la información ambiental pública.

VI. Caminos hacia la restauración

A pesar del avanzado grado de colonización, los análisis técnicos del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITERD) y las propuestas de la Plataforma Ecologista Madrileña señalan que existen vías de actuación para frenar el deterioro y favorecer el retorno paulatino de los ciprínidos y salmónidos autóctonos.

Las medidas prioritarias planteadas exigen abandonar la gestión cortoplacista e intervenir sobre la dinámica misma de los ríos:

  1. Restauración del régimen de caudales ecológicos: Aprovechar la capacidad de los embalses gestionados por el Canal de Isabel II —que en los ciclos hidrológicos de 2025 y 2026 alcanzaron un récord de almacenamiento del 97,2%— para programar crecidas de primavera que limpien los fondos de sedimentos, rompan la estabilidad de las aguas lénticas que favorecen a los invasores y estimulen la freza de las especies nativas.
  2. Permeabilización y demolición de azudes: Eliminar de forma progresiva las más de 150 barreras obsoletas que fragmentan los ríos madrileños, priorizando tramos colapsados como el río Tajuña.
  3. Suspensión de sueltas exóticas: Cumplir de forma estricta la Ley 42/2007 de Patrimonio Natural y Biodiversidad, cesando las liberaciones de trucha arco iris en tramos con presencia de trucha común y reubicando los cotos intensivos a masas de agua cerradas sin conexión fluvial.
  4. Protección legal de especies nativas: Incluir formalmente a la trucha común, la boga de río, la tenca y el barbo comizo en el Catálogo Regional de Especies Amenazadas de la Comunidad de Madrid, dotando a cada población de planes específicos de conservación.
  5. Recuperación del bosque de ribera: Replantar la vegetación de orilla para sombrear los cauces, reducir la temperatura del agua y generar refugios naturales contra la erosión y la invasión biológica.

El futuro de los ríos de Madrid no depende de la ausencia de peces en sus aguas, sino de la capacidad de la sociedad y sus instituciones para decidir qué clase de ecosistema desean conservar: un canal artificial dominado por especies foráneas adaptadas al deterioro, o una red de agua viva donde los antiguos pobladores ibéricos puedan volver a remontar la corriente.

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