Opinión

El retorno del economato: la cesta de la compra no puede ser una ruleta rusa

Un supermercado público no es una utopía ideológica, sino un cortafuegos indispensable contra la codicia y la inflación.

GETAFE/12 SEPTIEMBRE 2026.- Cada vez que cruzo las puertas giratorias del supermercado de mi barrio, siento que entro en un casino donde la banca siempre gana. Observo a una jubilada dudar durante dos largos minutos ante un litro de aceite de oliva cuyo precio parece cotizar en la Bolsa de Nueva York. La veo revisar su monedero, suspirar y devolver la botella al estante para llevarse una opción de calidad dudosa. Me asombra y me indigna presenciar cómo la alimentación básica, un derecho humano indiscutible, se ha transformado en un bien de lujo por el simple capricho de los márgenes de beneficio de tres o cuatro gigantes de la distribución.

Distribución de MercadoImpacto en el Consumidor
Cadena PrivadaPrecios inflados por margen comercial y especulación.
Supermercado PúblicoPrecios ajustados al coste real para fijar un suelo ético.

No estamos ante un fenómeno meteorológico inevitable, sino ante una decisión corporativa. Mientras las grandes cadenas de distribución registran beneficios récord año tras año, el dinero en la cartera de las familias se volatiliza a mitad de mes. Pienso que la ciudadanía ha quedado desprotegida en la selva del libre mercado, donde los precios no los fija la oferta y la demanda, sino la necesidad de maquillar las cuentas de resultados para los accionistas.

Por eso considero que la creación de una red de supermercados públicos no es una ocurrencia radical ni un capricho ideológico, sino un cortafuegos de estricta necesidad social. La idea no es nueva ni requiere inventar la rueda. Quienes tenemos memoria o hemos escuchado a nuestros padres recordamos perfectamente el papel fundamental de los antiguos economatos laborales. Aquellos establecimientos, impulsados por empresas o colectivos de trabajadores, nacieron con una misión impecable: proveer alimentos y bienes de primera necesidad a precio de coste, eliminando intermediarios y especuladores. El economato no buscaba el enriquecimiento, sino el bienestar y la dignidad de la comunidad.

Un supermercado público actuaría exactamente con esa misma filosofía de servicio esencial. Al no tener la obligación de generar beneficios desorbitados para un consejo de administración, un establecimiento estatal puede fijar un suelo ético en los precios de la cesta básica. Esto obliga, por pura competencia, a que las grandes cadenas privadas reduzcan sus márgenes desmedidos si no quieren perder a sus clientes. No se trata de prohibir la iniciativa privada, sino de regular el mercado con el ejemplo y garantizar que comer sano no sea un privilegio. La salud y la nutrición de un país no pueden dejarse en manos del mejor postor.

La alimentación básica es un servicio esencial; cuando el mercado falla en garantizarla a un precio justo, el Estado debe intervenir para proteger a los ciudadanos.

Exijo una red pública de alimentos que recupere la esencia solidaria de los economatos para devolver la tranquilidad y la dignidad a nuestras mesas.

Diego Serrano

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