Opinión

Getafe sepulta su identidad bajo el asfalto al abandonar su plato más sagrado

Yo os convoco a encender los fogones de cada casa este fin de semana, porque recuperar la jugosidad de nuestra tortilla es el único camino para rescatar el orgullo de un Getafe que se niega a ser una simple ciudad dormitorio sin alma

GETAFE/21 MAYO 2026.- Aún puedo oler el aceite de oliva hirviendo a fuego lento, abrazando los corazones limpios de una hortaliza que hoy parece de contrabando. Yo estuve allí cuando el barrio de Las Margaritas no era un laberinto de bloques de pisos construidos en los años setenta, sino un océano verde de huertas infinitas donde las alcachofas crecían con una finura que era la envidia de toda la provincia. Hoy, cruzo esas mismas calles y solo encuentro el gris del asfalto y el silencio cómplice de unas administraciones que han permitido que nuestra mayor seña de identidad gastronómica se extinga por pura desidia. Me asombra, y me duele profundamente, constatar que la última vez que el Ayuntamiento de Getafe organizó una degustación popular de nuestra legítima tortilla de alcachofas fue en el ya lejano año 2017.

Estamos sufriendo un alarmante proceso de desahucio cultural. Un pueblo que olvida lo que come es un pueblo que camina hacia la demencia histórica, porque la memoria colectiva no se construye con discursos políticos, sino alrededor de una mesa compartida.

El sacrilegio de la desidia institucional

El problema no es la falta de espacio, sino la alarmante carencia de voluntad. Yo considero que dejar morir una tradición milenaria que alcanzaba su clímax en la romería del Cerro de los Ángeles, repartiendo miles de raciones entre los vecinos, es un acto de vandalismo patrimonial. La tortilla de alcachofas de Getafe no es una receta cualquiera que se pueda replicar en un programa de televisión de diseño; es el resultado de un arraigo agrícola indiscutible. Los datos históricos demuestran que la fisonomía de nuestro municipio cambió radicalmente con el desarrollismo, pero la cocina permaneció como el último bastión de resistencia de lo que fuimos.

«La tradición getafense manda un respeto absoluto por el producto: la alcachofa jamás se cuece previamente».

Pienso que este matiz técnico es crucial para entender el drama. Al no cocer la hortaliza, el agua no diluye su esencia. El secreto radica en retirar las hojas duras, laminar los corazones con precisión de cirujano y freírlos lentamente en aceite de oliva hasta que queden tiernos, justo antes de mezclarlos con el huevo batido. Añadir esos cien gramos de jamón serrano picado y ese sutil toque de medio diente de ajo no es un capricho culinario; es un código de honor que se transmite de generación en generación. Cuando el Ayuntamiento suspende estas degustaciones, no solo ahorra unos euros en el presupuesto de las fiestas locales; está borrando de un plumazo el sabor que unía a los abuelos con sus nietos.

La solución está en nuestras sartenes

No podemos esperar sentados a que una concejalía decida rescatar lo que nos pertenece por derecho de cuna. La solución a esta crisis de identidad es tan simple como revolucionaria, y reside en la cocina de cada hogar getafense. Si las instituciones han decidido que el año 2017 sea el epitafio de nuestro plato estrella, nosotros debemos demostrarles que el fuego de nuestra tradición sigue perfectamente encendido.

Compremos ocho alcachofas frescas, busquemos el jamón de la región y batamos seis huevos con la dignidad de quien defiende una fortaleza. Yo os convoco a encender los fogones de cada casa este fin de semana, porque recuperar la jugosidad de nuestra tortilla es el único camino para rescatar el orgullo de un Getafe que se niega a ser una simple ciudad dormitorio sin alma. Salvemos nuestro sabor antes de que el cemento termine de devorar nuestros recuerdos.

Nieves López

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