Mercaderes de la infancia
El fútbol base en Getafe prefiere facturar 500 euros antes que formar seres humanos
GETAFE/13 JUNIO 2026.- Esta semana, diez niños de apenas once años regresaron a sus casas en Getafe con los ojos llenos de lágrimas y el orgullo pisoteado. Sin explicaciones, sin anestesia y con una frialdad que estremece, un club deportivo de la ciudad los expulsó de sus filas por el único pecado de «no ser deportivamente buenos». Yo considero que lo que presenciamos no es un caso aislado, sino el síntoma de una enfermedad crónica que infecta a nuestras escuelas de fútbol, transformadas hoy en frías picadoras de carne infantil.
Me asombra la impunidad con la que directivos y entrenadores confunden una actividad formativa con la Champions League, destruyendo la autoestima de unos críos cuya única aspiración era jugar, correr y hacer amigos. Nos venden el deporte como un templo de valores, pero la realidad nos escupe un negocio sórdido donde el niño es un producto caduco si no rinde en el marcador.
Pienso que este disparate ocurre por una razón muy clara: las llamadas «escuelas» han claudicado ante la cultura del resultado porque la competición extrema vende más que la decencia pedagógica. Padres de la localidad denuncian que se llegan a pagar más de 500 euros por temporada para que luego un coordinador decida, mediante un correo electrónico fulminante, que un chaval no continúa. Lo hacen a traición, al acabar el curso, cuando el resto de equipos ya están confeccionados, dejando a las familias atadas de pies y manos. Es una estafa moral en toda regla: se quedan con tu dinero en agosto, pero si el niño se lesiona o no despunta como un Cristiano Ronaldo en potencia, la empatía del club pasa a ser un concepto inexistente.
Me horroriza ver cómo el entramado institucional tolera que estos mercaderes de la infancia utilicen los campos de fútbol municipales —financiad@s con los impuestos de todos los vecinos— para sus cribas elitistas. Si un club decide que su meta es moldear exclusivamente a pequeños Messis, que se pague sus propias instalaciones privadas. El Ayuntamiento de Getafe no puede seguir subvencionando indirectamente la frustración y el desprecio hacia los menores de edad.
Arranquemos las caretas a quienes se llenan la boca hablando de «espíritu deportivo» mientras revisan la cuenta de resultados. O recuperamos el fútbol como un espacio donde el derecho a divertirse sea innegociable, o seremos cómplices de haberles enseñado a nuestros hijos la lección más cruel y temprana de sus vidas.
¿Qué opinas sobre el papel que deberían asumir los ayuntamientos para frenar esta deriva competitiva en el deporte infantil?
Julián Serrano Ortega

