Memoria histórica

Francisco Gascó, «El Berenjena»: Hoy se cumplen 79 años del fusilamiento de un guerrillero de Getafe

El 16 de julio de 1946, con solo 25 años, Francisco Gascó fue fusilado por el franquismo. Su memoria, como la de tantos maquis olvidados, interpela a una democracia que aún arrastra silencios intolerables.

GETAFE/16 JULIO 2025.- Este 16 de julio se cumplen 79 años del fusilamiento de Francisco Gascó Santillán, conocido como “El Berenjena”, vecino de Getafe, guerrillero antifranquista y militante del Partido Comunista de España. Tenía apenas 25 años cuando un pelotón de fusilamiento terminó con su vida, tras ser condenado en un juicio sumarísimo por su pertenencia a la guerrilla urbana de los “Cazadores de Ciudad”, una organización clandestina nacida en la posguerra para resistir al régimen franquista.

Francisco trabajaba como tornero mecánico en la fábrica de Construcciones Aeronáuticas (CASA) en Getafe, un enclave industrial que, durante la Guerra Civil y los años inmediatos, fue semillero de resistencia republicana. Desde aquellas instalaciones, varios obreros y militares comprometidos con la legalidad republicana impulsaron acciones de sabotaje contra el franquismo. Francisco se sumó a ese foco clandestino en 1945, en un momento de reorganización del PCE en la localidad, liderado por figuras como José Camacho Muñoz, antiguo capitán de milicias.

La guerrilla urbana a la que se incorporó Gascó estaba lejos de ser un ejército organizado, pero sí representaba un último hilo de esperanza y dignidad para quienes no aceptaban la victoria del terror. Fabricaban bombas caseras con materiales de la propia fábrica, saboteaban líneas férreas, símbolos del régimen o locales falangistas. Fue una lucha desigual, casi simbólica, contra una maquinaria represiva colosal y despiadada.

El 9 de abril de 1946, Gascó no acudió al trabajo por problemas de salud. Ese mismo día, la policía política realizó una redada en CASA, deteniendo a varios de sus compañeros. Advertido del peligro, Francisco no huyó. Su respuesta fue tan breve como categórica: “El destino de mis compañeros es mi propio destino.”

Fue arrestado al día siguiente. El 12 de abril ya estaba en manos de la Brigada Político Social en la Dirección General de Seguridad en Madrid, el lugar donde se extinguían los derechos y comenzaba el tormento. Junto a él cayeron otros miembros del comité comarcal y del comando guerrillero. A todos se les abrió el sumario 135.312, dirigido por el temido juez especial Enrique Eymar Fernández, símbolo del aparato represor franquista.

La historia de Francisco Gascó se enmarca en la tragedia del maquis español: combatientes republicanos que, tras la derrota de 1939, mantuvieron una resistencia armada contra el franquismo, con la esperanza de que las democracias occidentales, vencedoras en la Segunda Guerra Mundial, extendieran su lucha antifascista a España. Pero esa ayuda nunca llegó. Como advirtió Manuel Azaña antes de morir en el exilio: “De los enemigos de la República, el peor es el Gobierno británico y la política franco-inglesa de no intervención.”

Mientras los partisanos italianos y la resistencia francesa eran celebrados y apoyados por los aliados, los guerrilleros españoles fueron condenados al aislamiento y a la muerte. El intento de invadir el Valle de Arán en 1944 por 4.000 maquis provenientes de Francia fue ignorado por los aliados. En cambio, en España se continuaron los fusilamientos: Cristino García Granda, que combatió a los nazis en Francia, fue ejecutado en 1946 junto a otros 11. Poco después, caerían los últimos líderes de los “Cazadores de Ciudad”.

Getafe pagó un precio alto por su dignidad. La represión arrasó con la red clandestina en CASA. La sangre de sus trabajadores, como la de Gascó, selló un capítulo de lucha silenciado durante décadas.

Hoy, en 2025, la figura de Francisco Gascó nos plantea una cuestión urgente: ¿Qué hemos hecho con su memoria? ¿Qué país seremos si olvidamos a quienes murieron por la libertad? La democracia del 77 ignoró, en gran parte, la memoria de esta resistencia. Ese vacío ha permitido que hoy campeen, sin vergüenza, neofranquismos sociológicos y políticos que se alimentan del olvido.

Recordar a Francisco Gascó no es solo un acto de justicia histórica. Es un imperativo moral. Porque la dignidad no se fusila. Y porque la libertad que disfrutamos hoy está escrita con la sangre de quienes no se rindieron.

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