Cambiar de modelo económico, una nueva revolución copernicana

GETAFE/ 27 ENERO/. Lo sabemos. Estamos al borde del colapso climático y nuestra inercia sigue conduciéndonos al desastre.
La toma de conciencia del cambio climático entraña no solo un cambio radical de hábitos, sino también de mentalidad. Ello requiere que nuestro cerebro reorganice toda nuestra visión del mundo, y nuestros hábitos están íntimamente ligados a ella.
Hagamos un símil con el cambio de mentalidad más paradigmático de la historia: el «giro copernicano».

Aprender de Copérnico y compañía

En el siglo XVI se creía que el hombre –y digo bien el hombre– era el centro del universo, la Tierra era inmóvil y todo giraba en torno a ella.
Copérnico postula que la Tierra gira sobre sí misma y alrededor del Sol, al igual que los demás planetas. El eje terrestre, dice, oscila como el de un trompo. Además, establece el orden de los planetas y sus distancias respecto al Sol.
La comunidad científica de la época (salvo las bien conocidas excepciones) aceptaron todos los elementos de la teoría, salvo el heliocentrismo.
En 1588, el astrónomo danés Tycho Brahe postula una teoría «de compromiso», tremendamente reveladora: el Sol gira alrededor de la Tierra, que es inmóvil, y todos los demás planetas giran alrededor del Sol.
Solo a finales del siglo XVII se alcanza un consenso científico en el Reino Unido, Francia, Holanda y Dinamarca, con la teoría de la mecánica celeste de Isaac Newton. El resto de Europa mantendrá su posición anticopernicana un siglo más.
En 1830 la Iglesia Católica acepta en su totalidad la teoría helicentrista, y solo en 1992 , el Papa concluye la controversia ptolomeo-copernicana, aludiendo a un «trágico malentendido».
La teoría copernicana tenía implicaciones profundas en todos los ámbitos del conocimiento humano y en la organización social, como puede verse en el recuadro. Por eso hicieron falta siglos para que ese cambio tuviera lugar en todas las capas de la sociedad humana.

El nuevo giro copernicano necesario

Hoy nos enfrentamos a un cambio de paradigma igual de brutal: pasar de la idea de un planeta con recursos infinitos y del ser humano –en particular, el occidental– como ente superior, capaz de progresar al infinito, a una representación en la que ni siquiera somos ya el centro del propio planeta que habitamos, que además se está agotando: el ecosistema que nos sostiene podría desaparecer en un par de generaciones.
Como en el siglo XVI, ese cambio afecta al (des)equilibrio de poderes, a nuestro sistema de valores, a nuestras jerarquías de clases, incluso de pueblos, y a la imagen que tenemos de nosotros y nosotras mismas. Por supuesto, también afecta a lo que nuestros hábitos y costumbres representan socialmente.
Muchas y muchos de nosotros hemos aceptado ya mentalmente esta nueva visión, pero, como Brahe en el siglo XVI, tratamos de eludirla inconscientemente cada vez que choca con los demás puntos que conforman nuestro modelo mental de la realidad y de la sociedad. Por ejemplo:
Vestir ropa usada no parece elegante ni socialmente adecuado;
insinuar que deberíamos poner freno a la natalidad atenta contra la libertad individual;
una dieta sin carne se asocia a una carencia alimentaria;
no limpiarse con papel higiénico nos parece una falta de higiene;
tomar el tren para hacer más de 500 km es una exageración.
El problema es que no tenemos por delante tres siglos, como Brahe y el Vaticano, para cambiar.
Como ya dijimos en otro artículo de Getafe Central, adoptar un modelo que nos es familiar, como el de la cultura popular de nuestros abuelos y abuelas, podría ayudarnos enormemente.
¡Feliz año 2021 a todos y todas!

Lola Illamel
Miembro de Líbere, Educación y Desarrollo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *