Sin pastores

Eloy Galván

Real como la vida misma. A finales de los años 40, en la taberna de un pequeño pueblo, el alcalde aconseja al maestro: “Hazme caso Julián, no les enseñes a leer que nos quedamos sin pastores”.
Nada nuevo. Durante años, siglos, la educación ha sido considerada en España un tema menor. Y, sin embargo, es uno de los fundamentos de cualquier país porque, además de promover un mayor desarrollo personal, contribuye a que la sociedad avance más igualitariamente creando más riqueza.
La primera Ley de Instrucción Pública llegó en 1857 como reacción a las altas tasas de analfabetismo respecto a las naciones europeas más destacadas. Luego avanzó lentamente hasta recibir un impulso más decidido por parte de la II República.
Sin embargo, tras la Guerra Civil, y durante varias décadas, el presupuesto para Educación apenas superó el 1% del PIB, tres veces menos que el de los países europeos más cercanos. Como resultado, España mantuvo hasta los años 70 un sistema de enseñanza elitista en el que el analfabetismo afectó al 20% de la población; los estudios finalizaban a los 14 años para más del 70% de los jóvenes y sólo el 4% culminaba la universidad.
Los Pactos de la Moncloa, en 1977 apostaron por la Enseñanza Pública con un presupuesto extraordinario. Fue el inicio de la educación de calidad que hoy conocemos. En 1980, el primer gobierno democrático introdujo la LOECE, a la que seguirían otras 6 Leyes de Educación de escasa duración debido a la falta de consenso político.
La última Ley, hoy en debate, es la LOMLOE, que se ha marcado como objetivos prioritarios limitar la segregación social, disminuir el número de repetidores de curso (actualmente un 30%) y reducir el abandono escolar (del 20% al 15%). Buenos propósitos contra unos formidables intereses privados.
El problema es que, sin un acuerdo político, la nueva ley tiene los años contados.

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