COVID: Urbanismo y modelo de ciudad

David Caramés

Frecuentemente nos preguntamos por qué España es uno de los países con peores datos tanto de contagios como de hospitalizaciones y fallecimientos producidos por la pandemia.
Todos y todas sabemos que intervienen muchos factores para que se produzcan estos malos resultados: falta de personal sanitario, falta de recursos, mala coordinación, etc. Pero hay un factor que no se suele tener en cuenta y es la densidad de población de nuestro país.
Aparentemente esto no debería ser un factor determinante ya que, si consultamos la estadística, nuestro país tiene una densidad de población de 93 habitantes por Km2, una densidad baja en comparación con la mayoría de los países europeos.
Pero este dato es engañoso: España se podría dividir en 505.000 cuadrados de 1km, pero solo se vive en el 13% de ellos; esto significa que otro indicador que se conoce como “densidad vivida” es de 737 personas por Km2 . Según este dato, España sería el país más densamente poblado de Europa.
Visto de otro modo, en Europa hay 33 áreas de 1 km2 en las que viven más de 40.000 personas. Pues bien, 20 de esas 33 áreas están en España. Por poner un ejemplo, Hospitalet de Llobregat es de todas esas áreas la más densamente poblada, con 53.119 personas viviendo en 1 Km2, por encima de París, donde viven 52.218. La tercera en el ranking es Badalona, con 50.287 personas en 1 Km 2.
Estos datos nos llevan a explicar en parte por qué España es el país europeo con mayor número de contagios en relación con su población.
A su vez, nos demuestra cómo el urbanismo y el modelo de ciudad condicionan la vida de las personas.
¿Y qué modelo de Urbanismo tenemos en España?
Ya de por sí el modelo capitalista y neoliberal considera conveniente agrupar tanto a las y los productores como, y sobre todo, a las y los consumidores, con el fin de optimizar gastos y beneficios.
Este mismo sistema crea los tipos de barrios diferenciados, separando los barrios “modestos e insalubres” de los barrios acomodados; los barrios feos y descuidados de los barrios “señoriales”; los barrios dormitorio, de los barrios residenciales.
Esta distinción, que se da con claridad en cualquier país, se da en el nuestro de forma aún más acusada, gracias a la histórica política de vivienda de nuestros gobiernos o, mejor dicho, a la falta de política de vivienda, que ha dejado en manos de la iniciativa privada no solo la vivienda, sino el urbanismo y el modelo de ciudad, que se ha configurado en base puramente a criterios económicos.
Esto ha llevado en España al modelo que tenemos hoy:
Una España con grandes zonas vacías y zonas muy densamente pobladas, en las que se concentran la industria, los servicios y los centros de consumo.
Unas megaciudades muy difíciles de gestionar y muy vulnerables ante cualquier imprevisto (pandemias, catástrofes naturales etc…)
Ya hace mucho tiempo que arquitectos y urbanistas plantearon el tamaño máximo de las ciudades para que fueran gestionables; algunos lo cifraron en un máximo de 5.000 habitantes.
Un tipo de viviendas y ciudades construidas en función de lo que pueda pagar cada persona; la vivienda no es un derecho, sino un negocio, y el urbanismo tan solo un medio para que el negocio sea lo más rentable posible.
Unos “falsos barrios residenciales” para acomodar a gente de la clase obrera de forma que se sienta como “clase media”: a menudo barrios fantasma, encerrados en sí mismos y separados de los barrios populares.
Un urbanismo basado en la especulación y la nueva construcción, dejando de lado la conservación, rehabilitación, mejora y embellecimiento de los barrios tradicionales.
Si entendemos que la vivienda y el urbanismo condicionan la vida y a veces la muerte de la gente (algo que ha quedado de manifiesto claramente durante esta pandemia) y, por otro lado, tenemos en cuenta que nuestra constitución en su artículo 47 reconoce el derecho a una vivienda digna, sería lógico plantear que no puede quedar en manos de la iniciativa privada y de los beneficios decidir sobre nuestras viviendas y nuestras ciudades.
Tan importante como esto y puesto que el modelo de ciudad condiciona nuestras vidas, es necesario que podamos participar y decidir el diseño de nuestras ciudades. Según esto hay que invertir el proceso de decisión: hasta ahora son los técnicos y políticas quienes establecen los criterios , que se someten a consulta ( por cierto: ni el sistema , ni la formas, ni los plazos, favorecen la participación). El proceso debe partir de la opinión y necesidades de la gente y, sobre esto, las y los técnicos deben diseñar las actuaciones, que deberían ser sometidas a la aprobación de la población a la que afecta.
Otro urbanismo es posible, se puede.

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