Una asignatura y demasiadas tareas pendientes

Carta de una madre teletrabajadora

“Menudo invento el teletrabajo. Gano más de dos horas al día en desplazamientos innecesarios; alguna más si contamos los tiempos muertos en que de repente no hay ninguna tarea, o aquellos en que nos enfrascamos en una conversación distendida con algún compañero o compañera. Desde que teletrabajo, me siento mucho más eficiente. Además, puedo flexibilizar mis horarios y compaginar mucho mejor con el resto de actividades diarias”. Así hablaba el otro día una amiga de su nueva situación laboral. Y seguramente no le falte razón.
Está demostrado que el teletrabajo tiene múltiples ventajas. Aparte de las ya mencionadas, la reducción de desplazamientos, con todo lo que ello implica: reducción de la contaminación, de las congestiones de tráfico, del número de accidentes… Incluso a nivel de empresa las ventajas superan a los inconvenientes, teniendo en cuenta la reducción de costes para las mismas, el aumento de la productividad y la mayor satisfacción de su plantilla.
Hasta aquí todo bien y queda claro que el teletrabajo debería haber llegado para quedarse; eso sí, con una organización que tenga en cuenta matices que no desequilibren la balanza, como el aspecto de las relaciones interpersonales, cuyo empobrecimiento podría, por ejemplo, dificultar la organización sindical.
El problema es cuando, en una situación como la que vivimos hoy día, pintamos el teletrabajo como la panacea.
Teletrabajo no es, ni mucho menos, sinónimo de conciliación.
El cierre de los centros educativos y el riesgo que supone el Covid-19 para las personas mayores, descartando así a los abuelos y abuelas para el cuidado de menores, ha dejado, en la gran mayoría de los casos, a los y las pequeñas al cuidado exclusivo de sus progenitores y progenitoras.
Es así como el teletrabajo puede llegar a convertirse en un verdadero infierno.

«La actual crisis no ha hecho sino poner en evidencia la inexistencia de la conciliación en nuestro país, no crearla»


Para algunas personas, en su mayoría mujeres, la doble jornada, laboral y de cuidados, está siendo de 24 horas. Sin respiro.
Los niños y las niñas, aparte de necesidades fisiológicas, tienen necesidades emocionales y sociales. Necesitan atención y presencia, no solo física. Y cuando no las tienen, las demandan. Cierto es que a partir de cierta edad, aunque dependiendo del niño o la niña, pueden llegar a establecerse horarios y disponer de algún tiempo de dedicación exclusivo a las tareas laborales mientras hacen tareas escolares, pasan tiempo con otro miembro de la familia, si lo hay, o se entretienen solos o solas. Pero también es cierto que, en muchos casos, la edad y/o características del o la menor no permiten esta organización, así como el hecho de compartir el espacio de convivencia con el de trabajo, por no hablar de la casuística de las familias monoparentales.
Es en estos casos cuando teletrabajar se convierte en tener a un menor quejándose permanentemente, reclamando atención plena, mientras su madre o padre intentan sin éxito dársela, pensando contínuamente en cuándo podrá hacer esa tarea urgente que ya no puede demorar más o en aquellas otras, menos urgentes, que se siguen acumulando.
Otra cuestión es la eficacia. No la eficiencia, ya que si tenemos en cuenta los recursos y las características del “ambiente laboral”, en la mayoría de los casos aprobaría todo el mundo. Y con buena nota. No he encontrado hasta ahora ningún estudio que hable del tiempo medio de concentración que en estas situaciones suele alcanzarse, pero por personas conocidas y por experiencia propia, puedo asegurar que la cifra (en minutos) puede ser muy desesperanzadora para quienes gusten de hacer bien su trabajo. O al menos en condiciones.
Queda claro también entonces que el teletrabajo, en muchos casos, no está ayudando a la conciliación, sino que está incluso siendo contraproducente.
En un principio fue adaptarse a la situación: vivir en un estado de estrés continuo, prescindir de horas de sueño, salir al paso…para tratar de abarcarlo todo, como se pueda. Con la continua sensación de estar haciendo todo a medias y de mala manera. Pero la situación se alarga, con la incertidumbre de si terminará en algún momento: ansiedad, angustia, frustración, insomnio, baja autoestima, depresión…son algunas de las consecuencias que para algunas de las personas con descendencia está suponiendo el teletrabajo. Personas que, en la mayoría de los casos, son mujeres.

«Para algunas personas, en su mayoría mujeres, la doble jornada, laboral y de cuidados, está siendo de 24 horas. Sin respiro»


Son varias las investigaciones que concluyen que la brecha de género en el tema de los cuidados está agrandándose durante esta crisis. Parece que después de todo no se había avanzado tanto en este aspecto… Según los estudios realizados durante la crisis, las tareas de cuidados, escolares, del hogar y, en general todas las que se salen de lo puramente laboral, están recayendo en mayor medida sobre las mujeres.
El menor aporte de ingresos de las mujeres a la unidad familiar; su mayor “capacidad” (que se trata en realidad de una construcción social que se materializa así) para dedicarse a las tareas de cuidados y del hogar; y la inmensa mayoría de familias “monomarentales”, entre otras causas, han hecho que muchas mujeres hayan optado por reducir sus jornadas, coger permisos sin sueldo, excedencias o, incluso, renunciar a sus trabajos.
Está bien que apuntemos el teletrabajo como herramienta de conciliación para cuando las “infraestructuras” de cuidados (véase colegios y abuelos/as) vuelvan a estar disponibles. Pero, aún más importante, deberíamos aprovechar esta situación para replantearnos esas infraestructuras, nuestro actual sistema de cuidados. Porque, seamos realistas, la actual crisis no ha hecho sino poner en evidencia la inexistencia de la conciliación en nuestro país, no crearla.
También estaría bien tener en cuenta al replantearnos la conciliación, que esta no se trata solo de los aspectos laboral y familiar; que la conciliación también tiene que ser personal. Además del derecho a desarrollar una carrera profesional plena y el derecho al cuidado de su familia, las personas también deberían tener derecho al desarrollo de su personalidad, su formación o el disfrute de su ocio y tiempo libre.
Por otro lado, y casi lo más importante, deberían ponerse sobre la mesa los derechos de la infancia, la eterna olvidada, y la más perjudicada por todo lo aquí apuntado. Indirectamente, son los niños y las niñas quienes sufren finalmente esa falta de conciliación con todo lo que conlleva.
Es el momento de dar pasos para que esa “nueva normalidad” que vendrá después tenga como base un sistema en el que todas las personas puedan permanecer en el empleo de calidad durante toda su vida y en el que todas las necesidades familiares y personales estén atendidas, sin que ninguna persona tenga que renunciar a sus ingresos ni a su vida personal y en el que nuestra infancia tenga realmente cubierto su derecho a ser atendida y cuidada.
Esto pasa por abandonar de una vez la dicotomía entre trabajo productivo y trabajo reproductivo. Actualmente, parece ser que el primero es el único que importa. El segundo, cuyas tareas realizan principalmente mujeres, no tiene valor económico (aunque sí lo tiene cuando lo realiza el mercado o el estado y obviando que economiza el gasto público). Las políticas, y no solo las sociales, tienen que dirigirse a conseguir ese sistema, para lo cual debe quedar claro, en primer lugar, que los cuidados conciernen al conjunto de la sociedad, pues afectan a la reproducción social.
Esperemos que la situación vivida y los meses de confinamiento nos hayan servido al menos para reflexionar sobre este tema y tener más claro que nunca que no queremos volver a la “normalidad” en lo que a conciliación se refiere.
Bueno, voy a aprovechar que el peque se ha dormido para escribir un artículo que se me pasa de plazo. ¡Ay!, primero voy a hacer un par de tareas pendientes: tender la ropa, prepara la comida para mañana, arreglar ese cajón roto… ya está. ¡No! Olvidé mandar esa receta que nos pedían para el colegio… Ahora sí. Ups, mejor voy a dormir, que ya no tengo cerebro…

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