Ingreso Mínimo Vital, un triunfo del Estado de Bienestar

Redacción

Desde el pasado día 15 de junio, la sociedad española cuenta con una red de seguridad que tiene por objetivo primordial prevenir el riesgo de pobreza y la exclusión social de aquellas personas en situación de vulnerabilidad.
El Ingreso Mínimo Vital ha sido objeto de debate, de controversia, de confrontación política e incluso de descalificaciones por parte de quienes no entienden que un Estado debe ser garante de los derechos esenciales de su ciudadanía.
El proyecto, auspiciado e impulsado por el Gobierno de coalición progresista, colocó este tema en el debate público y puso la lupa sobre una incuestionable realidad: en pleno siglo XXI, en un país que se tiene por avanzado y en constante evolución, aún hay miles de personas que bordean el umbral de la pobreza o, directamente, se encuentran sumidas en ella.
El camino hasta llegar aquí no ha sido, ni mucho menos, sencillo. En primer lugar, porque la aprobación de esta renta básica tuvo que sortear un sinfín de obstáculos, la mayor parte de ellos por parte de representantes políticos que no comparten de facto la idea de un Estado de Bienestar en el que todas y cada una de las personas tengan cabida por igual.
En segundo lugar, porque estos mismos detractores han tratado de estigmatizar a quienes, desde este pasado 15 de junio, tienen la opción de acceder a estas ayudas que servirán como colchón, como impulso o como apoyo para poder salir adelante. A aquellas personas que, en definitiva, pueden ahora tener una oportunidad gracias al Ingreso Mínimo Vital.

REQUISITOS Y CUANTÍAS

Las personas que resulten beneficiarias del IMV podrán acceder a una renta base de 461 euros mensuales durante 12 meses para aquellas que viven solas, de manera indefinida en tanto en cuanto siga persistiendo la situación de vulnerabilidad. En caso de tener hijos a cargo o de que existan más personas adultas en la unidad familiar, la renta garantizada aumentará hasta alcanzar 1.015 euros mensuales.
El IMV se define, no obstante, como una “red de protección” encaminada a facilitar la transición de personas o familias en riesgo de exclusión hacia una participación e integración en la sociedad, motivo por el cual se complementará con incentivos al empleo y a la inclusión, según recoge el propio Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones.
La página web de la Seguridad Social tramita desde el 15 de junio estas ayudas, con carácter retroactivo al 1 de junio para todas aquellas personas que lo soliciten en los tres primeros meses.
Podrán optar a ella personas con edades comprendidas entre los 23 años y los 65 años, o menores de 23 años si tienen hijos a su cargo. En todos casos deben cumplirse las siguientes condiciones:
Residir en España de forma continuada e ininterrumpida durante, al menos, un año antes de presentar la solicitud.
El/la titular, si no hay menores a cargo, debe haber constituido el hogar al menos hace 3 años. Si hay menores a cargo, hace al menos un año.
El/la solicitante debe estar capacitado para trabajar, inscrito como demandante de empleo.
Las personas solicitantes de pensiones y prestaciones vigentes a las que tengan derecho, incluidas las del derecho alimentario.
Las personas que viven solas deben haber estado de alta en cualquiera de los regímenes que integran el sistema de la Seguridad Social durante al menos doce meses, continuados o no, y acreditar que su domicilio ha sido distinto al de sus progenitores durante tres años inmediatamente anteriores a la solicitud.
Las mujeres víctimas de violencia de género o víctimas de trata de seres humanos y explotación sexual.
Asimismo, para poder percibir el Ingreso Mínimo Vital, se deben cumplir unos requisitos económicos, fundamentalmente estar en situación de vulnerabilidad económica, en concreto que “el promedio mensual de ingresos y rentas anuales computables sea inferior al menos en 10 euros a la cuantía mensual garantizada por el Ingreso Mínimo Vital que corresponda según la modalidad y el número de miembros de la unidad de convivencia”.
La tramitación, los datos, las cuantías, la burocracia… es quizá la parte más farragosa de una iniciativa que, en todos y cada uno de sus casos, esconde auténticos dramas personales y familiares.


Lydia, 25 años: “El IMV es un derecho a la existencia”

Esta joven getafense tuvo que dejar su hogar hace ahora cuatro años para marcharse lejos de su familia y poder así continuar con sus estudios. Reside desde entonces con su pareja, menor de 23 años y por tanto sin opción de solicitar el Ingreso Mínimo Vital, y subsiste gracias a una beca de estudios y a pequeños empleos eventuales que, hasta ahora, podía ir compatibilizando para seguir adelante. La situación económica generada a raíz de la pandemia deja unas perspectivas laborales aún más precarias para ella, a lo que se suma que está a punto de finalizar sus estudios y debe plantearse la inserción en el mercado laboral.
“Para mí el IMV es una base que me permitirá seguir avanzando, algo que me proporcione un mínimo de estabilidad para poder pagar el alquiler, para poder comer, porque de lo contrario tendría que volver a casa de mis padres”, explica a Getafe Central. Para Lydia, esta ayuda servirá para “mantener unos derechos básicos”. “No lo considero una paga extra, como dicen algunos, sino una ayuda para coger impulso y aspirar a un futuro”, añade.
Para ella, aquellos que consideran este ingreso como una “paguita” lo hacen porque “no tienen problemas para llegar a fin de mes”. “Que le pregunten a cualquier familia con niños que tienen que hacer auténticos malabares para poder comer, para poder subsistir, si este ingreso es una ‘paguita’. Es, simplemente, un derecho a la existencia”, recalca.

Cristina, 33 años, divorciada con 4 hijos a su cargo: “Nos ayudará a recuperar la dignidad”

El caso de Cristina no es menos dramático. A sus 33 años, convive en una vivienda ocupada con sus cuatro hijos, con edades comprendidas entre los 9 los 16 años. Sale adelante con empleos precarios, el último de ellos en un hotel de la capital.
Un trabajo que perdió abruptamente tras la crisis del coronavirus y que no sabe si podrá recuperar después del verano. Cuenta con una prestación por desempleo de unos 430 euros, a todas luces insuficiente para hacer frente a la situación familiar y económica que padece, toda vez que además no recibe pensión de manutención de sus hijos. “El IMV me ayudaría a poder comprar ropa a mis hijos, a poder recuperar la dignidad y a enderezar medianamente el rumbo a la espera de que la situación laboral mejore”, explica a este medio.

Rosa, ecuatoriana, 64 años: “No tengo sueldo, no tengo casa, no tengo nada”

Historias como la de Rosa tocan la fibra sensible y deben servir para eliminar prejuicios. A sus 64 años, esta ecuatoriana con situación regularizada en España hizo las maletas hace 8 años y emprendió rumbo a nuestro país para buscar un futuro mejor para ella y para su familia.
Desde hace tres años, trabajaba como cuidadora interna en casa de una mujer que, tristemente, falleció recientemente. Rosa no tiene ahorros, ya que todo el dinero que ganaba lo enviaba a su familia en Ecuador, y tampoco posee vivienda, ya que residía en casa de su empleadora, en el barrio de El Bercial. Su situación es difícil, es complicada, es casi dramática, pero ella no pierde la sonrisa y explica su caso a Getafe Central con una amabilidad que desarma.
“De momento sigo viviendo en casa de mi empleadora, porque su hija me permite estar aquí hasta que decidan qué hacer con el piso. No tengo sueldo, no tengo nada, ni siquiera unos pocos ahorros, ya que casi todo lo que ganaba lo enviaba para Ecuador”, cuenta sin perder el optimismo.
En caso de que los propietarios del piso decidan finalmente venderlo, quedaría en la calle sin dinero y sin posibilidades, con 64 años y a la espera de poder recibir alguna ayuda. El Ingreso Mínimo Vital se abre ante ella como una tabla de salvación, como un flotador al que asirse para no verse abocada a una situación desesperada. Sin embargo, Rosa desdramatiza como solo saben hacer aquellas personas que han sufrido, que cargan a sus espaldas con auténticos dramas personales y están tristemente acostumbrados a luchar para subsistir. “Si me quedo sin casa, será una situación difícil”, resume sin dejar de sonreír.

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