Covilidad

Redacción

Son pocas las alegrías y certezas que está dejando el COVID- 19. La incertidumbre sanitaria y económica está igualando a científicos y tertulianos al punto de confundir los intereses con el conocimiento. Sin embargo, el confinamiento ha resuelto algunas de las dudas que se mantenían desde las posiciones más negacionistas a pesar de las evidencias científicas. Las medidas de confinamiento que han afectado a la movilidad en pleno invierno han despejado de una vez por todas cuál es el origen de las boinas de NO2 de las grandes ciudades.
En medio de la confusión se van abriendo paso nuevas evidencias como la relación entre haber respirado aire contaminado y la incidencia del virus. No sabemos cómo se habría agravado la incidencia de la pandemia si se hubieran mantenido las condiciones de toxicidad del aire, pero sí sabemos que respirar aire limpio es la mejor vacuna contra este virus y los que vengan.
Necesitamos, por tanto, adoptar medidas estructurales sobre el transporte para que, con el aumento de la movilidad, no vuelva el insalubre NO2.
El abandono y la desinversión en el transporte público han deteriorado sus condiciones hasta el punto de señalarse el hacinamiento de las horas punta como uno de los principales factores de propagación del virus. En el nuevo escenario se deberá poner límite al hacinamiento aumentando sus capacidades, frecuencia y velocidad. Para diluir las horas punta habrá que adoptar medidas que afectan a los desplazamientos obligados, modificando las horas de inicio y fin de las jornadas laborales, lectivas, etc.
En nuestras ciudades, el acaparamiento del espacio público en los últimos 50 años a favor del coche nos ha dejado sin espacios aptos para caminar. Habitualmente se ha planteado la segregación del espacio público sobre planos. La segregación original en favor del coche se complementaba con otras que, independientemente de la retórica, reforzaban la primera. Sin embargo, la necesidad de distancia sanitaria ha dinamitado la posibilidad de una segregación que asegure dichas distancias. La mayoría de nuestras calles no tienen ancho suficiente para que, dividiéndolas, queden las aceras que necesitamos para caminar. Es el momento de hablar de velocidades, ritmos, frecuencias y prioridades.
Las calles de prioridad peatonal y las de acceso restringido no pueden ser un privilegio de los centros históricos. La tantas veces anunciada Ciudad 30 es ya una urgencia que se antoja insuficiente en las calles residenciales. El problema que genera el exceso de coches en propiedad o la insuficiencia de las alternativas a dejar un bien privado en la vía pública no puede frenar la necesidad de devolver la prioridad de uso del espacio público a las personas.
Necesitamos recuperar las calles como espacios vitales en las que los vehículos actúen como invitados de paso y no como propietarios. La sostenibilidad que necesitamos no es la de las cuentas de los industriales y las constructoras; sino la de la gente, la vida y el planeta.

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